martes, febrero 24, 2015

Sobre el tono apocalíptico de la “gratuidad” PABLO SUÁREZ M. Académico Departamento de Trabajo Social UTEM

No deja de sorprendernos el extravío progresivo y profundo que han tenido los derechos sociales en los últimos 25 años en nuestro país, donde recomponerlos se ha transformado en una amenaza que ocasiona una crisis que desequilibra al sistema y su entramado que lo hace funcionar.
En este panorama gradual de deterioro muchos son los ciudadanos que han hecho conciencia de aquello y buscan reconquistarlos, ya que observan en el lenguaje de políticos y ciertas personas claves sucesivos episodios de olvido y pérdida de memoria.
Sin embargo, los derechos sociales son parte de la memoria histórica de los pueblos del mundo occidental y son inalienables, intransferibles y exclusivos y no son factibles de borrar, es decir, continuarán siendo atributos de los seres humanos que no se pueden estatizar ni privatizar, ni formar parte de una actividad de trueque o venta, ya que se encuentran sobre estas condiciones.
La “gratuidad” con su esencia y vitalidad de pasado aún intenta reescribir futuro en el país, enfrentándose por ejemplo, a una lógica de pensamiento que observa y desarrolla la educación como una categoría que otorga rentabilidad a los estudiantes y que reduce su ejercicio en tres conceptos reiteradamente utilizados: empleabilidad, productividad y competencias para el mercado, ello simplemente  confirma que la educación está en manos del dinero.
En Chile en estos 25 años de opacidad e invisibilidad creciente de los Derechos Sociales se han ido borrando y desnaturalizado ciertos conceptos y prácticas cuyo peso y significación rebasan las fronteras de la gramática y la política. “Gratuidad” es uno de ellos, que a pesar de su liviana y transparente densidad semántica se ha transformado en un término demoledor, destructivo y malicioso que atenta obscenamente contra el statu quo y el modelo imperante, transformándose en un término que resta “votos” y no suma financiamiento.
Pareciera que pronto la “gratuidad” como vocablo y práctica no tendrá cabida en los diccionarios ni será parte de la conducta humana como acción ética. La “gratuidad” se ha distorsionado y desdibujado hasta el punto de aparecer como un término que representa lo ilegítimo, irracional, desregulador, ya que formó parte de las viejas frases y políticas sociales de antaño que –a juicio de algunos– “fracasaron”, por lo tanto se la olvida, oculta y censura o “encapucha” por su carácter amenazador.
En este escenario ha aparecido una colección de recetas neoliberales para salvar una economía de negocios privados donde jamás se contempla la posibilidad de pérdidas y solo se propone una política asistencialista y de beneficencia sin proyecto de dignidad ni respeto y menos de equidad universal, sometiendo a las personas a las necesidades del capital y sus acciones en pro del lucro.
Todo aquello me recuerda el pensamiento de la filosofa rusa Ayn Rand que, radicada en Estados Unidos, se transforma en una de las ideólogas del capitalismo y que siempre defendió al egoísmo como una forma beneficiosa y honesta de la industria y los empresarios, pero que también agregaba frases tales como: “No hay por qué amar al débil ni socorrerlo” o “nadie tiene por qué sacrificarse por nadie”, desafiando el código moral del altruismo y la “Caritas in veritate”, que es el principio de la Doctrina Social de la Iglesia. Tal vez por ello los defensores del modelo tratan de sacarse de encima todo tipo de escrúpulo moral o religioso que conlleva esta palabra transgresora.
Hoy es evidente que muchos políticos que se autorreconocen como “cristianos” se han visto afectados por aquella amnesia colectiva y progresiva, a pesar de que, recientemente, el Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica, precisamente la “Caritas in veritate”, estableció  e intentó reconocer el principio de gratuidad en las relaciones mercantiles como expresión de fraternidad que “pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria”.
En esa Encíclica la “gratuidad” alberga la idea de “valorar al prójimo” que Rand y muchos políticos intentan destruir, es decir, “una vocación de amar a nuestros hermanos”. La propia Encíclica señala que “la ciudad del hombre no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión”.
Esa destrucción progresiva que hemos experimentado parece sustentada en uno de los párrafos que K. Marx escribió en La ideología alemana: “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante”.
Sin embargo y más allá de lo señalado por la Iglesia Católica, la propia densidad semántica y semiológica del vocablo “gratuidad” resiste al neoliberalismo, ya que aún dispone de soberanía relativa a pesar del olvido y el intento por ser reconceptualizada.
Para muchos y muchas este término transgresor aparece digno e íntimamente asociado a la “responsabilidad del Estado con sus ciudadanos y ciudadanas” o a la “corresponsabilidad”, “franquicia” y “privilegio” de todas y todos los seres humanos de manera universal y sin distinciones de ninguna especie, pero también muy lejana a una estrategia de “beneficencia” o “asistencialismo”.
Stéphane Hessel señalaba que los derechos humanos se establecieron “para liberar a la humanidad del miedo” e hizo un llamado al mundo a “indignarse” para defenderlos en momentos en que la sociedad relativiza el sentido de los derechos esenciales.
La “gratuidad” con su esencia y vitalidad de pasado aún intenta reescribir futuro en el país, enfrentándose por ejemplo, a una lógica de pensamiento que observa y desarrolla la educación como una categoría que otorga rentabilidad a los estudiantes y que reduce su ejercicio en tres conceptos reiteradamente utilizados: empleabilidad, productividad y competencias para el mercado, ello simplemente  confirma que la educación está en manos del dinero.
La “gratuidad”, sin lugar a dudas, atenta contra la lógica de mercado y como diría José Luis Sampedro: “El mercado no da la libertad. La libertad es como una cometa. Vuela porque está atada a la responsabilidad del que maneja”.

http://www.elmostrador.cl/opinion/2015/01/18/sobre-el-tono-apocaliptico-de-la-gratuidad/

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